9 jul. 2013

Dinámica de los pastos, de Voisin, 1971. Conclusiones




LA CIVILIZACION, FORMA SUPREMA DE LA ECOLOGIA DINAMICA

Del suelo, al hombre, a través de la hierba.

Después de nueve años de esfuerzo la última obra de la serie:
Productividad de la Hierba,
Suelo, Hierba, Cáncer,
Dinámica del Pasto,
ha terminado (…)
He aquí, pues, terminados los tres elementos de este trabajo.

Por otra parte, al final de la presente Dinámica del Pasto, me parece oportuno examinar brevemente algunas de las enseñanzas generales que se desprenden de este libro, y que se apoyan en las dos obras precedentes.

El carácter ecológico particular del hombre.
(…) En la presente obra hemos estudiado la adaptación de la flora pratense al medio y a sus variaciones. Se trata de una adaptación «pasiva», que representa una de las formas de la ecología dinámica.

Pero creo que los ecólogos han descuidado el «carácter ecológico» particular del hombre. Es notable que nos encontremos frente al único ser vivo capaz de modificar intencionadamente y de una manera «activa» su medio para adaptarse a él.

El milagro y la catástrofe de la civilización mediterránea.

Esta adaptación «activa» consiste no solamente en reaccionar frente a lo que Taynbee (1946) llama los desafíos de la Naturaleza, sino en prevenirlos. Se trata, con respecto al hombre, de modificar de la manera más favorable posible la asociación Suelo-Planta-Animal-Hombre.

(…) Cuando la transformación del medio por el hombre está mal conducida, acarrea la desaparición de las civilizaciones más florecientes. Entre los años 15.000 a 9.000 antes de J. C., el calentamiento del clima obligó a los pueblo a abandonar las praderas saharianas (y otras) para marchar hacia el inmenso bosque postglaciar que rodeaba el Mediterráneo.

El magnífico equilibrio establecido entre el suelo y el hombre en las riberas de Creta, de Grecia y de Asia Menor, parece haber tendido a hacerse cada vez más difícil de mantener entre los siglos VII y V antes de nuestra era.

Se agotó el suelo ya roturado. Más tarde se abatieron los bosques, esperando aumentar más la superficie de los suelos cultivables; este desequilibrio de la Naturaleza solarmente sirvió para ayudar a terminar de destruir, con la erosión, los suelos agotados. En una palabra, se practicó la ecología dinámica destructora.

La huida, forma de adaptación pasiva de las masas humanas.

A esta ecología dinámica, de apariencia activa, pero que no era más que un esfuerzo desesperado, siguió la forma pasiva de adaptación, tan conocida en la historia: la huída. Se abandonaron las tierras que se habían arruinado para ir a arruinar otras más lejos. Después de haber agotado el suelo de Grecia, se marchó a agotar el de Sicilia; más tarde, el de Italia meridional. Después del Líbano y Palestina fue África del norte.

La civilización mediterránea, madre de nuestra civilización actual, habría desaparecido si los hombres de esta época no hubiesen podido, ir a establecerse en otras tierras aún no roturadas en el noroeste de Europa.

Pero en la actualidad no hay «huida» posible, ya que casi todas las tierras están ocupadas, agotadas o inutilizables.

Nuestra civilización no podrá mantenerse ni prosperar si no sabemos practicar la ecología dinámica constructiva que permita al hombre vivir en simbiosis con el suelo, sin destruir el equilibrio del mismo.

Así, pues, nos parece interesante examinar los dos factores que pueden conducir a la destrucción de la armonía entre los ele­mentos del suelo. El primero contribuyó siempre a arruinar las civilizaciones. El segundo entró en juego por, primera vez en nuestra poca y fue siempre ignorado por todas las civilizaciones precedentes.

EI abono orgánico humano de las ciudades gigantescas no vuelve al suelo.

En el transcurso de la época de decadencia de las civilizaciones, la destrucción del suelo estuvo siempre impulsada y aún acelerada por el absentismo de las masas humanas, que aban­donaban el campo para ir a amontonarse en las ciudades.

Como lo ha señalado admirablemente Spengler en su Decadencia de Occidente, el fin de las civilizaciones se caracteriza por la concentración de la mayoría de la población en gigantescas metrópolis: Babilonia, Atenas, Roma, Bizancio (antiguamente), Londres. París, Berlín, Nueva York (actualmente).

Esta monstruosa concentración urbana ha privado y priva al suelo de la mayor parte del precioso abono orgánico humano. A falta de este alimento, los organismos del suelo son cada vez menos activos.

La falta de humus reduce las cantidades de elementos asimilables del suelo.

De ello resulta un agotamiento del suelo en humus y una disminución de los elementos asimilables, incluso si los elementos totales están presentes en cantidades relativamente importantes. El alimento carenciado, así producido, disminuye la energía y la vitalidad de las poblaciones.

Este no-retorno de los excrementos de las poblaciones ciudadanas ha desempeñado probablemente un enorme papel en la ruina de las civilizaciones.

Es lo que Spengler y otros filósofos de la historia han olvidado señalar cuando muestran el paralelismo entre el desarrollo de las inmensas metrópolis y la decadencia de las civilizaciones.

A este fenómeno general, se añade un fenómeno nuevo que no había aparecido nunca en las demás civilizaciones.

Nuestra civilización occidental conoce un fenómeno desconocido hasta ahora por el resto de las civilizaciones anteriores, fenómeno de incalculables consecuencias, que, según nuestra opinión puede ser excelentes o catastróficas. Este fenómeno es el empleo de abonos minerales con el fin de aumentar el rendimiento de las cosechas.

Me he preguntado muchas veces si este empleo de abonos no sería en realidad una especie de «huída» hacia otras tierras.

El hombre ha creado nuevas superficies cultivables virtuales mediante los abonos minerales: producir, merced a estos abonos, 50 quintales de trigo por hectárea, allí donde no se producían más que 10, significa prácticamente colonizar cuatro hectáreas de nuevas tierras.

Ya no podernos pasarnos sin los abonos minerales.

El empleo de los abonos minerales representa uno de los mayores progresos de la humanidad, tan importante y de consecuencias mucho mayores como el descubrimiento de los automóviles o de los cohetes interplanetarios. Nadie puede discutir que estos abonos han permitido un considerable aumento en la producción y un descenso en el precio de coste de los productos alimenticios. Han contribuido, pues, a la elevación del nivel de vida.
En muchos casos, si han sido bien utilizados, los abonos minerales pueden asimismo mejorar la calidad de los productos. Pero pueden tener también graves consecuencias.

Las "hambres clandestinas" de los pueblos.

El empleo de los abonos minerales, si se realiza de manera poco prudencial, como generalmente suele ocurrir en la actualidad, puede ocasionar graves desequilibrios en el suelo, reduciendo las cantidades asimilables de ciertos elementos minerales, Ahora bien, estas cantidades ya han sido reducidas, como ocurrió al final de otras civilizaciones, por el hecho de la disminución de la intensidad de vida de los organismos del suelo, privados del retorno del excremento humano de las gigantescas metrópolis modernas.

De esta forma se crean carencias «clandestinas», tan peligrosas para el hombre y para las civilizaciones como las verdaderas hambres: en efecto, estos desequilibrios o estas deficiencias en elementos minerales alterarán profundamente el metabolismo de las células del hombre. (…)

El lento agotamiento de la energía de los pueblos.

Los historiadores, con justa razón, demuestran cómo fueron desapareciendo las civilizaciones tan pronto como arruinaron su suelo (…) Pero, quién podría decirnos en qué medida estos suelos, antes de ser destruidos por la erosión, no sufrieron primero un agotamiento «clandestino» de magnesio o de cobre asimilables? A este agotamiento progresivo del suelo, no correspondería una lenta decadencia, física y moral, de los hombres cuyos antecesores habían creado en otros tiempos potentes y prósperos imperios?

Esta pregunta podrá parecer osada; pero, no obstante, la experiencia de un gran bioquímico inglés la presenta como muy real.

Estudiantes y pueblos indisciplinados.

Hopkins (premio Nobel y profesor de Bioquímica) fue llamado un día en consulta a un pensionado. El director se quejaba de que sus alumnos se habían vuelto, hacia ya un año, indisciplinados y nerviosos, mientras que hasta entones habían sido siempre muy dóciles

El sabio inglés buscó la causa alimenticia de este nerviosismo y la encontró: el cierre de una tienda, situada frente a la escuela, en la que se vendía fruta. Los alumnos, con sus pequeños ahorros, buscaban en ella regularmente melocotones o naranjas, completando así sus necesidades de vitamina C que faltaba en la alimentación de la escuela, compuesta, sobre todo, por carnes hervidas, conservas, confituras, etc. Hopkins aconsejó al director que añadiese frutas y diversos alimentos crudos a la alimentación de los alumnos. Todo volvió a estar en orden: la escuela recuperó su calma y su disciplina.

Si todo un pueblo se ve privado de vitamina C en su alimentación, se volverá tan nervioso e indisciplinado como el grupo de alumnos de que acabamos de hablar. Esta indisciplina es característica en la historia del fin de las civilizaciones.

El empobrecimiento de la alimentación en vitamina C puede procede r de mue-has causas, especialmente del hecho de que frecuentemente la alimentación de la población de las grandes ciudades puede contener mucha menor cantidad de dicha vitamina que la de los habitantes del campo, poseedores de huertos.

EL agotamiento del suelo desgasta lentamente al hombre.

Lo que nos interesa aquí es la relación ecológica entre el hombre y el suelo. Ahora bien, sabemos que el metabolismo de la vitamina C está bajo el control de enzimas que, directa o indirectamente, son controlados por el cobre.

Por otra parte, es sabido que cualquier deficiencia del suelo en cobre asimilable altera diversos mecanismos fundamentales de la vida. No es, pues, osado suponer que una deficiencia del suelo en cobre asimilable pueda causar efectos muy parecidos a los producidos por una carencia de vitamina C, puesto que ésta no podría cumplir ya sus funciones.

Sabemos además que la f alta de cobre en la alimentación de la madre gestante crea en el niño que ha de nacer perturbaciones del sistema nervioso.

Otra carencia cada vez más corriente de nuestros suelos es la del magnesio. Los animales carentes de magnesio se vuelven excesivamente nerviosos e hiperexcitables mucho antes de que sean atacados por la parálisis. Asimismo, cada día se descubre en el hombre mayor cantidad de enfermedades nervios causadas por carencias de magnesio

La influencia del suelo sobre la psicología de los pueblos y especialmente sobre su combatividad.

Podremos así comprender mejor que un agotamiento «clandestino» del suelo en cobre y en magnesio, debido a sistemas de cultivo defectuosos puede modificar en un sentido desfavorable la psicología de los pueblos hacia naciones hiperexcitables, nerviosas e ingobernables, como ocurre siempre en las épocas de civilizaciones decadentes.

Los pueblos que no han sabido vivir en una feliz asociación ecológica con su suelo, y lo han agotado, verán disminuir lentamente su fuerza moral y psíquica mucho antes de que puedan aparecen los signos visibles de la destrucción del suelo.

El gran bioquímico Abderhalden ha titulado uno de sus libros: Los vestigios de ciertas sustancias determinan nuestro destino. Digamos, generalizando: Los vestigios de ciertos elementos de1 suelo determinan el destino de los hombres y de las civilizaciones.

El "homo mechanichus" ha perdido el sentido del suelo.

Es lo que, desgraciadamente no ha comprendido todavía el hombre moderno: el «Homo mechanichus» no se preocupa en absoluto del suelo que produce sus alimentos. Lo que quiere es un alimento lo más barato posible.
El hombre de la ciudad ejerce una considerable presión sobre el hombre del campo, para que éste produzca más y a menor precio. Hemos dicho que los abonos químicos ayudan notable­mente a obtener tal resultado. Pero también hemos señalado que estos mismos abonos, si se emplean mal, pueden crear en el suelo graves deficiencias en elementos minerales asimilables.
Ello acarreará, finalmente, peligrosas carencias en el hombre y el agotamiento de sus fuerzas morales y físicas. Esta actitud de las masas ciudadanas corresponde, cuando es acentuada, a un verdadero suicidio biológico.

El hombre no puede sobrevivir más que asociado al suelo, y no como parásito suyo.
El porvenir de nuestra civilización, mecanizada y sometida a la química, depende de la forma en que sepamos concebir la ecología dinámica. Debemos aprender a dominar nuestro medio ambiente sin destruirlo.

Se trata de que el hombre viva, no como un parásito del suelo, sino en asociación con los elementos vivos de este suelo: De la vida del suelo depende la vida del hombre y de las civilizaciones.


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(Voisin, A. 1971. Dinámica de los pastos. Editorial Tecnos. Madrid. España. 452 p)



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